UN DIA COMO HOY
Capítulo I
Fedo tropezaba
con todas las personas en aquella calle de piedras, desde la cual podía verse
en la horizontal infinita una majestuosa montaña. Si alguien llegara a
observarlo en ese momento, hasta podría decir que ese tropiezo era voluntario,
y esto debido a que iba absorto por aquello que captaba su vista y su olfato.
Un tanto desorientado, un arlequín le saludaba efervescentemente, su vestuario
blanco y negro le parecía ridículo y más aún sus muecas acentuadas por aquel
maquillaje finamente delineado, fingió no importarle su presencia, lo ignoró
cuanto pudo, pero en sus rápidos parpadeos no dejaba de pensar en él, le
intrigaba el pensamiento de aquel, su vida, pero pronto lo distrajo un niño
pequeño. El encuentro fue brusco, el niño corría sin preocuparle ningún
obstáculo e inmediatamente cayó al suelo, “¡Niño!” le gritó Fedo, pero el niño
se reincorporó tan rápido como cayó y continuó la huída, siguió corriendo entre
toda aquella multitud, Fedo lo perdió de vista en un parpadeo. Era una calle
larga, muy frecuentada en esos días, representaba el máximo carácter como
centro del comercio “informal” de la ciudad, las casas eran pequeñas, con
puertas y ventanas diminutas, sin embargo todas eran diferentes, incluso la
posición de las ventanas y de la puerta, todas tenían una sola puerta, cada una
pintada monocromáticamente, y de diversos colores.
El fuerte sol
molestaba los ojos de Fedo, quien, sin conseguirlo, buscaba transitar bajo
alguna sombra. Un ciego cantaba con cierta alegría, tenía unos lentes grandes y
obscuros, lo acompañaba una estropeada guitarra que no tenía la cuarta cuerda.
Fedo buscó en su bolsillo y dejó caer sobre un vaso amarillo las únicas monedas
y un billete con que contaba, se dijo “después de todo hoy no estoy de ánimo
para desayunar”. Continuó su marcha, volteó la cabeza y le pareció que el ciego
le sonrió. Repentinamente un vendedor de billetes de lotería lo abordó
preguntándole su nombre, “Carlos” respondió extrañado Fedo. “Si me disculpa
señor Carlos, el día de hoy quiero entregarle en sus manos lo que cambiará su
vida, le ofrezco este billete que será el que ganará hoy por la noche, es el
único que tengo disponible todavía”. Mientras lo escuchaba Fedo lo observaba,
llevaba consigo un sombrero viejo del cual colgaba abundantes mechones de pelo
amarillo, grises y negros, estaba alborotado y evidenciaba que no había tenido
un corte por largo tiempo, le analizaba su fisonomía, la nariz no le inspiraba
la menor confianza, le recordó a una nuez grande, los ojos pequeños como los de
un niño, que se sostenían de largas y claras cejas, esa mirada extraña con
cierta claridad de cataratas, su vestimenta era apropiada para un evento de
gala, aunque el traje estaba en malas condiciones, descolorido y raído, pero
contrastaba con una camisa celeste que parecía estar muy limpia. Los zapatos
con la suela muy gastada le hizo pensar qué tanto camino habían andado, toda la
inspección no duró más que un segundo, así que repentinamente Fedo respondió
“así, y como es que no lo usa usted entonces, diría que lo necesita tanto como
yo”, animado el vendedor que Fedo le conversaba respondió convincentemente
“señor Carlos, si yo tomo este billete ya no será el ganador, sabía usted señor
Carlos que no es el billete el ganador, sino quien lo compra, si usted cree en
la suerte señor Carlos, déjeme decirle que ésta no existe, no ha existido nunca
y tampoco existirá, créame que yo he estado con la suerte entre mis manos desde
que tengo siete años, y ya ve usted, de eso ya hace más de cincuenta y tantos.
Acaso nunca se ha preguntado ¿porqué le ha de pasar esto o aquello precisamente
a usted? señor Carlos, porqué no al que camina a su lado, o la vieja de la
esquina, o al usurero de enfrente, o a esos desagradables hombres del gobierno,
pues si se lo ha preguntado sinceramente señor Carlos, sabrá usted que la
suerte no existe”. Fedo dejó que terminara el vendedor, se había impacientado
desde lo de los siete años, no era día para esa charlatanería y le respondió
entonces “lo siento señor pero no creo en la suerte y no tengo dinero para
comprarle su último billete, tengo tan mala suerte que si el premio mayor fuera
una paliza, entonces la suerte se apiadaría de mí, y como ve...”, el vendedor
no dejó terminar a Fedo, interrumpiéndole le dijo “como ve usted señor Carlos,
yo no creo en la suerte, y como le dije hace un momento, la suerte es de quien
tiene el boleto ganador, entonces hagamos un trato, yo sé que usted ganará el
premio de este billete, mi último billete, así que se lo voy a dar, porque si
lo tengo yo ya no ganaría nada, entonces usted cobra el premio y me da la
mitad, ¿que le parece?, creo que es un trato muy justo señor Carlos”. Fedo se
sorprendió de la propuesta y pensó en voz alta “éste está loco”. Seguidamente
le dijo “muy bien señor vendedor, tomaré su billete y lo busco en cuanto tenga
el premio en mi bolsillo, he de suponer que lo encuentro siempre aquí, ¿no es
así?” “En efecto” respondió seriamente el vendedor. Fedo quedó desconcertado
sin saber que hacer o que decir, y después de un breve momento el viejo
vendedor le colocaba, con ambas manos, el billete en su mano izquierda, se la
empuñó y le guiñó el ojo.
Fedo siguió
caminando e instintivamente colocó el billete en el bolsillo izquierdo de su
pantalón, y pensaba “Su nombre, su nombre, no me ha dicho su nombre, tampoco sé
en donde vive, y nunca lo había visto por este rumbo, y ¿cómo le podré entregar
su parte?” Detuvo su andar y se dijo en voz alta ”pero qué estoy pensando, si
esto es completamente absurdo”, buscó el billete en su bolsillo y lo extendió
para examinarlo, estaba muy bien doblado y en una esquina se leía “!Gane el
premio mayor!. Sorteo: domingo 23 de Abril a las seis de la tarde”.
A medida que
avanzaba la mañana, la calle se inundaba por la multitud, ahora habían mil
payasos, mil mendigos, mil ciegos, mil niños, mil vendedores ambulantes, mil
billetes de lotería, era el momento de Fedo, lo que siempre esperaba,
simplemente quería observar ese rítmico caos, con tantas historias, con tantas
risas y tantas lágrimas, se detuvo por un momento sobre una pared, procurando
no estorbar el paso de la multitud, su ojos bailaban al ritmo del movimiento,
un sombrero café, unos pies descalzos, una piel obscura y arrugada, unos ojos
lamentados, una flor, una risa chimuela, el lugar donde alguna vez hubo una
pierna, un tomate, una pepita, un charco... de pronto tuvo una inexplicable
sed, retomó su andar y se dirigió a la fuente de la plaza, bebió dos sorbos. Se
sentó en la fuente, mil palomas, mil granos sobre el suelo, mil carretas con
helados, mil niños. De cuando en cuando lo distraía su malestar, se inclinaba a
beber nuevamente. Fedo sintió una desagradable sensación y cayó frente a la
fuente. Apenas y recobro el conocimiento, se estaba sofocando, abrió
instintivamente sus ojos y una muchedumbre lo rodeaba, algunos presentaban una
cara preocupada, otros una expresión de curiosidad, otros opinaban, mil ojos lo observaban, solamente escuchaba
en eco el murmullo y los gritos, esto lo desorientaba aún más, quiso
incorporarse pero mil manos lo detuvieron, alguien le ofrecía una mitad de
naranja con sal, la rechazó con un gesto de desagrado. Después de un gran
esfuerzo caminó hacia su casa, en realidad era un pequeño cuarto cerca de la
plaza, subió lentamente cada escalón hasta el cuarto piso, buscó sus llaves en
su bolsillo, lo primero que encontró fue aquel billete de lotería que aquel
vendedor le había encargado, abrió la puerta, la cerró de un golpe y se cayó
desvanecido.
El día había
terminado cuando Fedo volvió en sí, sabía que había tenido fiebre, aún sudaba
frío. Su cuarto era simple y tenía lo esencial, el baño, una cama, el diván,
una computadora, una lámpara, una pequeña estufa y un mueble con algunos
trastos, de donde cogió un vaso con agua y la tomó de un solo trago, tenía
mucha sed. Se sentó en el diván a recordar lo que había sucedido, aquel olor a
mercado no lo dejaba en paz, de pronto recordó que no había probado bocado en
todo el día, pero tampoco tenía apetito, tomó una de las fotocopias que estaban
en la mesita al costado de su cama y se recostó, escogió cualquier página y
leyó “Hay golpes tan fuertes tan fuertes...” .
Entrada la
noche tuvo sueño, se sentía exhausto, dejó las copias y durmió.
La mañana
siguiente se sentía bastante mejor, comió unos panes y salió a la hora precisa
para encontrarse con Alicia.
Capítulo II
La mañana
siguiente lo despertó el sonar de su teléfono, se sentía bastante mejor, se
bañó, comió unos panes y salió apurado a el encuentro con Alicia. Cuando se dirigía al lugar, aprovechó a
escuchar las noticias por la radio, la violencia era el tema que predominaba en
aquella época, algunos tópicos de política también, llegó muy pronto, las
calles no estaban congestionadas, busco algún lugar cercano para dejar su
carro.
Era un
restaurante de comida vegetariana, estaba en pleno centro de la pequeña ciudad,
la calle de los Mártires llevaba justo al lugar. Alicia se encontraba sentada,
a juzgar por su demora y lo que había en la mesa, Fedo sabía que ya había
tomado el desayuno.
-¿Cómo estás?,
le preguntó serenamente Fedo. -Muy bien, es un nuevo día ¿Y tú?- respondió preguntando obligatoriamente
Alicia, -pues muy bien, aunque he estado frágil de salud, aún no estoy seguro
del mal pero me ha oprimido el pecho los últimos días. Ayer fue el peor, afectó
mi investigación, sin embargo aún pude captar las imágenes, ¿sabés? Creo que no
será tan fácil como lo suponía, la mayoría de ocasiones no sucede nada.-
Alicia era una
vieja amiga de Fedo, el amor había quedado enterrado ya hace bastante tiempo,
se conocían de toda la vida, crecieron juntos en unos de los barrios en las
afueras de la ciudad, Alicia vivía con sus padres, pero pronto se mudaría a
Europa, por fin tenía la beca en sus manos, y sin decirlo abiertamente, habían
acordado verse todos los días durante las pocas semanas que le restaban en
aquella ciudad. Alicia estaba muy emocionada por su viaje, pensaba – quien sabe
si será mi último viaje, uno nunca sabe lo que el porvenir le tiene preparado-.
Ella por una
parte, sería la teórica del asunto, mientras que Fedo sería la praxis, así lo
habían planeado siempre, en aquellos árboles frondosos del barrio -con los que
hablaban a menudo- en aquella lluvia que siempre caía cuando iban de la mano.
El día en que
Alicia partió, Fedo la despidió desde los ventanales del aeropuerto, en el
fondo sentía un gran alivio que se marchara, ya no tendría que estar siempre
pensando en ella. Alicia lo observó serenamente y le dijo –escríbeme seguido,
así sabré que te encuentras bien-
Mayo 2006
Humberto Chacón
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