sábado, 18 de febrero de 2012



UN DIA COMO HOY



Capítulo I
Fedo tropezaba con todas las personas en aquella calle de piedras, desde la cual podía verse en la horizontal infinita una majestuosa montaña. Si alguien llegara a observarlo en ese momento, hasta podría decir que ese tropiezo era voluntario, y esto debido a que iba absorto por aquello que captaba su vista y su olfato. Un tanto desorientado, un arlequín le saludaba efervescentemente, su vestuario blanco y negro le parecía ridículo y más aún sus muecas acentuadas por aquel maquillaje finamente delineado, fingió no importarle su presencia, lo ignoró cuanto pudo, pero en sus rápidos parpadeos no dejaba de pensar en él, le intrigaba el pensamiento de aquel, su vida, pero pronto lo distrajo un niño pequeño. El encuentro fue brusco, el niño corría sin preocuparle ningún obstáculo e inmediatamente cayó al suelo, “¡Niño!” le gritó Fedo, pero el niño se reincorporó tan rápido como cayó y continuó la huída, siguió corriendo entre toda aquella multitud, Fedo lo perdió de vista en un parpadeo. Era una calle larga, muy frecuentada en esos días, representaba el máximo carácter como centro del comercio “informal” de la ciudad, las casas eran pequeñas, con puertas y ventanas diminutas, sin embargo todas eran diferentes, incluso la posición de las ventanas y de la puerta, todas tenían una sola puerta, cada una pintada monocromáticamente, y de diversos colores.
El fuerte sol molestaba los ojos de Fedo, quien, sin conseguirlo, buscaba transitar bajo alguna sombra. Un ciego cantaba con cierta alegría, tenía unos lentes grandes y obscuros, lo acompañaba una estropeada guitarra que no tenía la cuarta cuerda. Fedo buscó en su bolsillo y dejó caer sobre un vaso amarillo las únicas monedas y un billete con que contaba, se dijo “después de todo hoy no estoy de ánimo para desayunar”. Continuó su marcha, volteó la cabeza y le pareció que el ciego le sonrió. Repentinamente un vendedor de billetes de lotería lo abordó preguntándole su nombre, “Carlos” respondió extrañado Fedo. “Si me disculpa señor Carlos, el día de hoy quiero entregarle en sus manos lo que cambiará su vida, le ofrezco este billete que será el que ganará hoy por la noche, es el único que tengo disponible todavía”. Mientras lo escuchaba Fedo lo observaba, llevaba consigo un sombrero viejo del cual colgaba abundantes mechones de pelo amarillo, grises y negros, estaba alborotado y evidenciaba que no había tenido un corte por largo tiempo, le analizaba su fisonomía, la nariz no le inspiraba la menor confianza, le recordó a una nuez grande, los ojos pequeños como los de un niño, que se sostenían de largas y claras cejas, esa mirada extraña con cierta claridad de cataratas, su vestimenta era apropiada para un evento de gala, aunque el traje estaba en malas condiciones, descolorido y raído, pero contrastaba con una camisa celeste que parecía estar muy limpia. Los zapatos con la suela muy gastada le hizo pensar qué tanto camino habían andado, toda la inspección no duró más que un segundo, así que repentinamente Fedo respondió “así, y como es que no lo usa usted entonces, diría que lo necesita tanto como yo”, animado el vendedor que Fedo le conversaba respondió convincentemente “señor Carlos, si yo tomo este billete ya no será el ganador, sabía usted señor Carlos que no es el billete el ganador, sino quien lo compra, si usted cree en la suerte señor Carlos, déjeme decirle que ésta no existe, no ha existido nunca y tampoco existirá, créame que yo he estado con la suerte entre mis manos desde que tengo siete años, y ya ve usted, de eso ya hace más de cincuenta y tantos. Acaso nunca se ha preguntado ¿porqué le ha de pasar esto o aquello precisamente a usted? señor Carlos, porqué no al que camina a su lado, o la vieja de la esquina, o al usurero de enfrente, o a esos desagradables hombres del gobierno, pues si se lo ha preguntado sinceramente señor Carlos, sabrá usted que la suerte no existe”. Fedo dejó que terminara el vendedor, se había impacientado desde lo de los siete años, no era día para esa charlatanería y le respondió entonces “lo siento señor pero no creo en la suerte y no tengo dinero para comprarle su último billete, tengo tan mala suerte que si el premio mayor fuera una paliza, entonces la suerte se apiadaría de mí, y como ve...”, el vendedor no dejó terminar a Fedo, interrumpiéndole le dijo “como ve usted señor Carlos, yo no creo en la suerte, y como le dije hace un momento, la suerte es de quien tiene el boleto ganador, entonces hagamos un trato, yo sé que usted ganará el premio de este billete, mi último billete, así que se lo voy a dar, porque si lo tengo yo ya no ganaría nada, entonces usted cobra el premio y me da la mitad, ¿que le parece?, creo que es un trato muy justo señor Carlos”. Fedo se sorprendió de la propuesta y pensó en voz alta “éste está loco”. Seguidamente le dijo “muy bien señor vendedor, tomaré su billete y lo busco en cuanto tenga el premio en mi bolsillo, he de suponer que lo encuentro siempre aquí, ¿no es así?” “En efecto” respondió seriamente el vendedor. Fedo quedó desconcertado sin saber que hacer o que decir, y después de un breve momento el viejo vendedor le colocaba, con ambas manos, el billete en su mano izquierda, se la empuñó y le guiñó el ojo.

Fedo siguió caminando e instintivamente colocó el billete en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y pensaba “Su nombre, su nombre, no me ha dicho su nombre, tampoco sé en donde vive, y nunca lo había visto por este rumbo, y ¿cómo le podré entregar su parte?” Detuvo su andar y se dijo en voz alta ”pero qué estoy pensando, si esto es completamente absurdo”, buscó el billete en su bolsillo y lo extendió para examinarlo, estaba muy bien doblado y en una esquina se leía “!Gane el premio mayor!. Sorteo: domingo 23 de Abril a las seis de la tarde”.

A medida que avanzaba la mañana, la calle se inundaba por la multitud, ahora habían mil payasos, mil mendigos, mil ciegos, mil niños, mil vendedores ambulantes, mil billetes de lotería, era el momento de Fedo, lo que siempre esperaba, simplemente quería observar ese rítmico caos, con tantas historias, con tantas risas y tantas lágrimas, se detuvo por un momento sobre una pared, procurando no estorbar el paso de la multitud, su ojos bailaban al ritmo del movimiento, un sombrero café, unos pies descalzos, una piel obscura y arrugada, unos ojos lamentados, una flor, una risa chimuela, el lugar donde alguna vez hubo una pierna, un tomate, una pepita, un charco... de pronto tuvo una inexplicable sed, retomó su andar y se dirigió a la fuente de la plaza, bebió dos sorbos. Se sentó en la fuente, mil palomas, mil granos sobre el suelo, mil carretas con helados, mil niños. De cuando en cuando lo distraía su malestar, se inclinaba a beber nuevamente. Fedo sintió una desagradable sensación y cayó frente a la fuente. Apenas y recobro el conocimiento, se estaba sofocando, abrió instintivamente sus ojos y una muchedumbre lo rodeaba, algunos presentaban una cara preocupada, otros una expresión de curiosidad, otros opinaban,  mil ojos lo observaban, solamente escuchaba en eco el murmullo y los gritos, esto lo desorientaba aún más, quiso incorporarse pero mil manos lo detuvieron, alguien le ofrecía una mitad de naranja con sal, la rechazó con un gesto de desagrado. Después de un gran esfuerzo caminó hacia su casa, en realidad era un pequeño cuarto cerca de la plaza, subió lentamente cada escalón hasta el cuarto piso, buscó sus llaves en su bolsillo, lo primero que encontró fue aquel billete de lotería que aquel vendedor le había encargado, abrió la puerta, la cerró de un golpe y se cayó desvanecido.
El día había terminado cuando Fedo volvió en sí, sabía que había tenido fiebre, aún sudaba frío. Su cuarto era simple y tenía lo esencial, el baño, una cama, el diván, una computadora, una lámpara, una pequeña estufa y un mueble con algunos trastos, de donde cogió un vaso con agua y la tomó de un solo trago, tenía mucha sed. Se sentó en el diván a recordar lo que había sucedido, aquel olor a mercado no lo dejaba en paz, de pronto recordó que no había probado bocado en todo el día, pero tampoco tenía apetito, tomó una de las fotocopias que estaban en la mesita al costado de su cama y se recostó, escogió cualquier página y leyó “Hay golpes tan fuertes tan fuertes...” .

Entrada la noche tuvo sueño, se sentía exhausto, dejó las copias y durmió.

La mañana siguiente se sentía bastante mejor, comió unos panes y salió a la hora precisa para encontrarse con Alicia.

Capítulo II

La mañana siguiente lo despertó el sonar de su teléfono, se sentía bastante mejor, se bañó, comió unos panes y salió apurado a el encuentro con Alicia.  Cuando se dirigía al lugar, aprovechó a escuchar las noticias por la radio, la violencia era el tema que predominaba en aquella época, algunos tópicos de política también, llegó muy pronto, las calles no estaban congestionadas, busco algún lugar cercano para dejar su carro.

Era un restaurante de comida vegetariana, estaba en pleno centro de la pequeña ciudad, la calle de los Mártires llevaba justo al lugar. Alicia se encontraba sentada, a juzgar por su demora y lo que había en la mesa, Fedo sabía que ya había tomado el desayuno.

-¿Cómo estás?, le preguntó serenamente Fedo. -Muy bien, es un nuevo día ¿Y tú?-  respondió preguntando obligatoriamente Alicia, -pues muy bien, aunque he estado frágil de salud, aún no estoy seguro del mal pero me ha oprimido el pecho los últimos días. Ayer fue el peor, afectó mi investigación, sin embargo aún pude captar las imágenes, ¿sabés? Creo que no será tan fácil como lo suponía, la mayoría de ocasiones no sucede nada.-

Alicia era una vieja amiga de Fedo, el amor había quedado enterrado ya hace bastante tiempo, se conocían de toda la vida, crecieron juntos en unos de los barrios en las afueras de la ciudad, Alicia vivía con sus padres, pero pronto se mudaría a Europa, por fin tenía la beca en sus manos, y sin decirlo abiertamente, habían acordado verse todos los días durante las pocas semanas que le restaban en aquella ciudad. Alicia estaba muy emocionada por su viaje, pensaba – quien sabe si será mi último viaje, uno nunca sabe lo que el porvenir le tiene preparado-.

Ella por una parte, sería la teórica del asunto, mientras que Fedo sería la praxis, así lo habían planeado siempre, en aquellos árboles frondosos del barrio -con los que hablaban a menudo- en aquella lluvia que siempre caía cuando iban de la mano.

El día en que Alicia partió, Fedo la despidió desde los ventanales del aeropuerto, en el fondo sentía un gran alivio que se marchara, ya no tendría que estar siempre pensando en ella. Alicia lo observó serenamente y le dijo –escríbeme seguido, así sabré que te encuentras bien-

Mayo 2006
Humberto Chacón

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