sábado, 18 de febrero de 2012


La infancia en la Pequeña sinfonía del nuevo mundo

de Luis Cardoza y Aragón



El corazón del hombre fuese transformando en estrella. Ascendió y ascendió la estrella roja.Luis Cardoza y Aragón


Luis Cardoza y Aragón (1901-1992), escritor y crítico de arte de nacionalidad guatemalteca, de corte vanguardista, fue partícipe de diferentes movimientos estéticos y éticos de los pensamientos de las escuelas de ruptura Europeas y Latinoamericanas de principios del siglo XX. Una de sus mayores influencias fue el haber vivido el surgimiento de El Surrealismo[1], el cual desarrolló ampliamente en su poema en prosa Pequeña sinfonía del nuevo mundo.

En Pequeña sinfonía del nuevo mundo, escrita entre 1929 y 1932, y publicada en 1948, Luis Cardoza y Aragón cuestiona y descompone la realidad tal cual se concebía en el mundo occidental, la razón es sometida a un prisma dando como resultado una fascinante producción de colores, imágenes e ideas. Luis Cardoza y Aragón viaja entre intersticios poéticos plasmando “sus ansias y aspiraciones, angustias y sueños, más allá del límite de la realidad depreciada”[2], lo hace fugazmente sobre una montura elaborada de conocimiento y surrealismo[3], sujeta por “elementos de incoherencia lógica”[4], con la cual traslapa y superpone tiempos infinitos y espacios de historia y fantasía literarias a través del lenguaje, con palabras que sugieren potentes imágenes que se desbordan oníricamente una a una sobre aquella, hasta entonces, desconocida corriente sinuosa y vertiginosa, que ha de re-producir lo efímero de las experiencias y sensaciones de un ser infinito, mientras se aventura a la interminable búsqueda de sí mismo.

Inútil sería pretender acceder a la magnificencia ética y narrativa de esta obra  -desplazadas a un plano ulterior- a través de una aproximación racional. Serían necesarias una intuición e imaginación exaltadas y una expansión de la experiencia inexplicable, como sugiere André Bretón “todavía vivimos bajo el imperio de la lógica,…los procedimientos lógicos se aplican a la resolución de problemas de interés secundario.”[5]

El yo narrador y Dante, el niño, personajes en búsqueda laberíntica e inagotable, recorren espacios subconscientes con cambios repentinos, en tiempos sin linealidad de dimensión, ciudades prestan sus espacios -La Habana, Nueva York, Florencia, Antigua Guatemala-. El yo narrador omnisciente en miscible interacción con Dante (pg. 46), experimenta alucinado tanto como lo hace Dante.

El niño acompaña a Dante durante su eterna búsqueda, reconocer el papel que juega el niño es vital para establecer esa relación de reacción y comprensión del yo con cada experiencia. Así como el hombre Dante, el niño transcurre por diferentes estadios, primero la inocencia del niño, que no se ha visto expuesto a la realidad desconcertante, “apenas se cierran los féretros sobre los cuerpecillos que no han muerto porque ignoraban la muerte, la caja se encuentra vacía, pero un poco más duramente concreta en su blancura oblonga de seda” (p. 14). A partir de este momento se apreciarán aquellas facetas de la relación Dante-Niño.

Dante sin consejo –o bien sin la intuición- del niño, consciente de su realidad, enfrenta la necesaria incertidumbre “Huir, huir, pensó Dante, el niño y las gaviotas escuchando la banda... Huir a cualquier parte... Sus experiencias habían sido inútiles, y caminaban con el corazón oprimido hacia la cita imaginaria “ (p.65), sin embargo sentimientos elevados cambian la situación de Dante, como la pureza espontánea que suele prevalecer en el niño, en donde “Una gotita de sangre en la túnica blanca. La sangre de Cristo, la sangre del niño acodado...”(p. 67). O la humildad ante el asombro, donde el niño prefiere naturalmente el silencio a utilizar el lenguaje como medio de persuasión o de engaño “El niño, ahí, sin saber que iba a decir... sin saber ya lo que esta diciendo, encaminado hacia el silencio... porque el asombro no tiene voz ni canta cuando muere” (p.70).

La experiencia del niño lo lleva al sufrimiento, sentimiento que se proyecta en el Dante “El niño sintió que perdía su sangre por las llagas de Cristo. Llevó las manos al pecho para verificar si era la suya y las vio todas rojas... El niño siguió golpeándose el pecho con el crucifijo, derrumbando el cielo en alguna parte... Dante sintióse de nuevo en el Infierno. Se encontró solo y tumultos de lágrimas sitiaron sus ojos” (p.79), la participación del niño, a un lado de Dante, en su aventura por la vileza de realidad los aleja, ya no se reconocen más “Y Dante huérfano de su infancia de mármol, reconoció a la mujer que al descender del coche, grave y fatal, le puso en la mano una moneda de cincuenta céntimos”(p.83), pero la vida pendular, imprevisible y misteriosa ejerce su influencia, los reconcilia para continuar el profundo viaje “Dante salió del teatro llevando de la mano al niño. El capitán del barco vio dos figuras precipitarse de los acantilados más altas y nadar seguramente hacia las islas maravillosas”(p.93)

Como se ha visto, la relación entre el Dante y el niño es compleja, esa dualidad cóncava que toma espacios desproporcionados, de un extremo al otro irá develando perspectivas únicas, más allá de la lógica “El niño era casi siempre mayor que Dante y sus preguntas eran respondidas con respuestas...: sus dos vidas abrazadas del mismo espacio, más allá de los colores del arco” (p.94). Al dolor de los recuerdos no escapa el aventurero, aquellas experiencia que definen al Ser “El hombre (Dante)[6] estaba muerto y no lo sabía... La ira brillaba con sus vidrios molidos, con su dura infancia de palabras duras y barcos criminales... Sin embargo, detrás de los ojos de un niño, él, presente, tapándoselos con sus manos podridas.” (p.96)

Los senderos se bifurcan contínua y azarosamente entre Dante y el niño, cada uno en su soledad extraña e implacable, por un lado Dante “Chocaron, por fin, contra el rostro del niño, y este quedó tendido en las selvas del mioceno, desgarrado por el balazo sideral. Dante parecía ser de otro mundo... sintió su piel más animal que nunca. Sintió su yo en todos sus poros...”(p.110) Y por el otro, el niño, con su visión única pero su imprecisión, perdido y divagando buscando la esencia, inexplicable ante la razón “El niño estaba allí, con una lámpara fría en la mano. Recorría las plazas, las arcadas, daba vueltas en torno a las columnas y, aciago, buscaba sin saber qué era lo que buscaba” (p.114) “Se encontró en le centro de la soledad, con un pez muerto en la mano.”(p.115) 

La visión de infante, necesaria en la búsqueda de lo maravilloso, proyección del subconsciente, tomará algunas dimensiones:

“Solo el niño pudo ver lo que soñaba y se sintió en la cúspide del estiércol contemplando el valle de la muerte... La fresca memoria de Dante llegaba antes que la del niño a las crueles violencias de la infancia...”(p.129)

“El niño y el guardián del faro subieron a la torre, tomaron el binocular de sus infancias.. Se divertían atacando símbolos, rompiendo los catálogos de maravillas que encontraron en el mundo triste y cobarde” (p.133). “Estáis igualmente sorprendidos por ese extranjero calcinado, grave y fatal, que camina llevando de la mano un niño, acaso su propia infancia o la mía, la vuestra acaso.” (p.134).

“El niño tenía de decir y hacer esto y aquello, para llegar a su silencio de héroe... Tenía que decir su infierno, cielo y purgatorio... Y se sintió perdido, se sintió perdido como Dante que marca sin ir a ninguna parte...
Los ojos del niño no distinguieron el bien del mal... Poesía y realidad simultáneas... Pero se va desvaneciendo el niño, dejando ese vacío que sigue en un concierto a una perfecta ejecución...”(p.140)

Luis Cardoza y Aragón se aproxima en Pequeña sinfonía del nuevo mundo a la única manera de vislumbrar el mundo que le es propio, el que le pertenece a la historia del hombre del Nuevo Mundo “Lo cierto es que voy cayendo con mi niñez y la del Nuevo Mundo, con la mía y con la tuya, niñez teológica y exaltada, donde Dante ha surgido no como una sombra, sino como un amigo limpio...llevándome hacia los cantos, pífanos y los atables de la divina comedia de los sacrificios” (Pg. 41). es con la guía del niño soñador, alucinado y maravillado, sintiendo a través de ojos inocentes y de locura de aquel niño que una vez vio al espejo, que el hombre logra desatarse de esa realidad impuesta y desolante.

En una sola oportunidad el yo consciente (¿Luis Cardoza y Aragón?), sale del aletargo para hablar desde de su realidad de sentidos e intelecto:
“A veces dudo si eran otras o no éstas las páginas que entonces escribí. Ahora me encuentro al otro lado. Sé que es el otro lado, pero no sé cuál de ellos.  ¿Lo sabré alguna vez?. ... Nada es más difícil que tener la certeza de estar vivo o de estar muerto.” (50)

Con esto, y para concluir, Luis Cardoza y Aragón deja en clara evidencia, por una parte la excelencia ante la estética y el manejo de las implicaciones que tuvo el pensamiento surrealista, en la imaginación y el lenguaje, y por otra ese viaje del niño, en una metáfora, el espíritu, a lo profundo del ser humano “no para explicarlo sino para transfigurarlo”[7].



Humberto Chacón
Abril 2007


[1] “Sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.” (Primer manifiesto surrealista (1924). André Bretón.
[2] Cardoza y Aragón, Luis. Prólogo Pequeña Sinfonía del Nuevo Mundo. Editorial Universitaria. Universidad de San Carlos de Guatemala. 2001.
[3] Con el Surrealismo LCyA purga toda lógica y realidad para dar paso a la imaginación.
[4] Cardoza y Aragón, Luis. Prólogo Pequeña Sinfonía del Nuevo Mundo. Editorial Universitaria. Universidad de San Carlos de Guatemala. 2001.
[5] Primer manifiesto surrealista
[6] Paréntisis míos
[7] Cardoza y Aragón, Luis. Prólogo Pequeña Sinfonía del Nuevo Mundo. Editorial Universitaria. Universidad de San Carlos de Guatemala. 2001.

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