viernes, 4 de mayo de 2012


LA RUPTURA DE LA LINEALIDAD DEL TIEMPO EN LOS PASOS PERDIDOS  DE ALEJO CARPENTIER


“Aquí puede ignorarse el año en que se vive, y mienten quienes dicen
que el hombre no puede escapar a su época”

Un santuario del tiempo, un espacio que custodia las raíces del hombre, un museo que encapsula el inimaginable pasado para los hombres del presente, piezas que representan el recuerdo viviente de su historia, latitudes congeladas en vitrinas. Esto es el deseo y la circunstancia que lleva a el personaje anónimo -anónimo como todos los hombres de la historia- de Los Pasos Perdidos a su viaje por la selva Venezolana. Un recorrido que al fin considerará como un propio e introspectivo retorno al origen, el llamado esencial de la naturaleza. De esta manera inicia su búsqueda de un primitivo instrumento musical, que en realidad será el encuentro con el origen de la música, y más allá con el nacimiento de la palabra y la consciencia de ser histórico “Trato de mantenerme fuera de esto, de guardar distancia. Y, sin embargo, no puedo sustraerme a la horrenda fascinación que esta ceremonia ejerce sobre mí…. Ante la terquedad de la Muerte, que se niega a soltar su presa, la Palabra, de pronto, se ablanda y se descorazona. En boca del Hechicero, del órfico embalsamador, estertora y cae, convulsivamente, el Treno –pues esto y no otra cosa es un treno-, dejándome deslumbrado por la revelación que acaba de asistir al Nacimiento de la Música” (188). Aquí el tiempo pasado se ha concebido como una fracción, ya enterrada, de la linealidad del devenir histórico, sin embargo la cuestión del tiempo lineal ya es una disyuntiva para el personaje “Ante las conocidas imágenes me preguntaba si, en épocas pasadas, los hombres añorarían las épocas pasadas, como yo en esta mañana de estío, añoraba –como por haberlos conocido- ciertos momentos de vivir que el hombre había perdido para siempre” (39). Este viaje es un retorno a través del tiempo al “punto cero”, a la esencia del instante de la creación, al nacimiento del fundamento de lo que hoy es el hombre moderno.
Alejo Carpentier, con una sorprendente maestría del manejo del lenguaje, devela en todo caso esa ruptura de la linealidad del tiempo, por momentos tiempos paralelos, por momentos circulares “Estamos en el mundo del Génesis, al fin del Cuarto Día de la Creación. Si retrocediéramos un poco más, llegaríamos a donde comenzara la terrible soledad del Creador -la tristeza sideral de los tiempos sin incienso y sin alabanzas, cuando la tierra era desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo” (190), en donde la alucinada travesía del personaje por el Nuevo Mundo le devela la esencia originaria del hombre, el encuentro entre dos mundos en un mismo tiempo y en un mismo espacio “Me admiro al saber que esta ciudad de Henoch aún sin fraguas, donde acaso oficio yo de jubal, está a tres horas de vuelo de la capital, en línea recta. Es decir, que los cincuenta y ocho siglos que median entre el cuarto capítulo del Génesis y la cifra del año que transcurre para los de allá, pueden cruzarse en ciento ochenta minutos, regresándose a la época que algunos identifican con el presente –como si lo de acá no fuese también presente- por sobre ciudades que son hoy en este día, del Medioevo, de la Conquista, de la Colonia o del Romanticismo” (235-236), y así en ese mismo presente, una convergencia con el pasado, un punto de equilibrio ya perdido ya encontrado “Hacía mucho tiempo que no contemplaba el fuego” (87).  
            De este encuentro hombre-historia surge el asombro hacia lo desconocido, la expresión de lo real-maravilloso, que envuelve y pone en plena duda la cotidianidad occidental del personaje, desencaja su ser para llevarlo a la contemplación de lo simple, al asombro de esta nueva realidad, hasta hacerlo testigo de creaciones originarias, del surgimiento del reglamento social y de la objetividad de la belleza exigua, donde su incomprensión y reflexión maravillada le exigen deconstruir la herencia de su estructura positivista, ya no el tratar de comprender la naturaleza del hombre a través del razonamiento lógico, sino a través de su experiencia sensitiva de la creación del arte “No estoy aquí para pensar. No debo pensar. Ante todo sentir y ver (213)… Llego a preguntarme a veces si las formas superiores a la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado. Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema.” (214).


Humberto Chacón
Marzo 2009



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