LA ANGUSTIA EN RAYUELA DE JULIO CORTAZAR[1]
El personaje central en Rayuela, Horacio Oliveira, representa la extenuante búsqueda y el conflicto del hombre por el sentido racional de la vida, a través de sus diálogos y relaciones con el resto de personajes desata vastas perspectivas de la explicación de la realidad, desde una posición crítica y angustiosa, cuestionamientos existenciales serán el denominador común a lo largo de la novela. Por ejemplo, al inicio cuando se encuentra en una de tantas situaciones cotidianas con la Maga, se presentan los primeros cuestionamientos de lo que será su debate con esa herencia occidental de corte lógico, que no lo abandonarán en ningún momento “¿Porqué no aceptar lo que estaba ocurriendo sin pretender explicarlo, sin sentar las nociones de orden y de desorden, de libertad…” (137). Este punto es importante en la medida que se comprenda que en este momento la novela adquirirá un nivel ontológico, que descubre la problemática de la utilización del lenguaje como medio de explicación fenomenológica, como fundamento de comprensión y racionalización de la realidad.
Un planteamiento pendular caracteriza a toda la novela, un desplazamiento constante de la concepción cartesiana hacia otra posición contingente, e inevitablemente desde la indagación del lenguaje como medio de conocimiento hasta el lenguaje como fin propiamente, que en última instancia revelan una condición ambigua del ser frente a su realidad “El péndulo cumple su vaivén instantáneo y otra vez me inserto en las categorías tranquilizadoras: muñequitos insignificantes, novela trascendente, muerte heroica. Los pongo en fila, de menor a mayor: muñequito, novela heroísmo. Pienso en las jerarquías de valores tan bien exploradas por Ortega, por Scheler: lo estético, lo ético, lo religioso. Los religioso, lo estético, lo ético. Lo ético, lo religioso, lo estético. El muñequito, la novela. La muerte, el muñequito. La lengua de la Maga me hace cosquillas. Rocamadour, la ética el muñequito, la Maga. La-lengua, la cosquilla, la ética.” (138)
Durante este proceso Oliveira se coloca recurrentemente en la duda, enraíza su condición existencial, asume su realidad como algo que debe ser explicado bajo un orden comprensible por la razón, y una de tantas posibles respuestas lo termina aproximando a una solución de corte nihilista “No puede ser que esto exista, que realmente estemos aquí, que yo sea alguien que se llama Horacio. Ese fantasma ahí, esa voz de una negra muerta hace veinte años en un accidente de auto: eslabones en una cadena inexistente, cómo nos sostenemos aquí, cómo podemos estar reunidos esta noche si no es por un mero juego de ilusiones, de reglas aceptadas y consentidas, de pura baraja en las manos de un tallador inconcebible…” (179).
La interpretación del uso lenguaje es un factor clave para abordar la novela en este sentido existencial, su función mediadora como búsqueda de la comprensión; sin embargo, y por fin, este recurso imposibilita la tarea del hombre, la limita a una perspectiva estrecha, y su doble condición cura y enferma, como acceso parcial y temporal al conocimiento “La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre, llenaban de amarga desconfianza toda meditación de Oliveira, forzado a valerse del propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que quizá pudiera licenciarlo y seguir -¿cómo y con qué medios, en qué noche blanca o en qué tenebroso día?- hasta una reconciliación total consigo mismo y con la realidad que habitaba.” (216)
Ante sus cuestionamientos, Oliveira (se) plantea salidas alternativas de esta prisión epistemológica, y el absurdo como una de ellas “En el fondo podríamos ser como en la superficie, pensó Oliveira, pero habría que vivir de otra manera. ¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro.” (239), reconociendo que la oposición a la razón está dada por las circunstancias más que por una lógica infalible, paradójicamente el absurdo cae en el juego lógico como explicación.
Oliveira por tanto se tortura con la incomprensión como angustia existencial, el modo de ser inaccesible propio y de los otros, aunque siempre con la esperanza de poder explicarse el devenir “Horacio hablaba de un nuevo orden, de la posibilidad de encontrar otra vida. Siempre se refería a la muerte cuando hablaba de la vida, era fatal y nos reíamos mucho” (285).
El fracaso de Oliveira lo conduce por momentos a otro tipo de reflexiones, más allá del lenguaje, la imposibilidad de accesar por la propia y limitada condición del Ser, cuyos medios insuficientes de comprensión le prohíben acercarse tan siquiera a alguna conjetura de la realidad “Apenas te metes un poco en serio en sus textos empezás a sentir lo de siempre, la inexplicables tentación de suicidio de la inteligencia por vía de la inteligencia misma. El alacrán clavándose el aguijón… Toda tentativa de explicarlo fracasa por una razón que cualquiera comprende, y es que para definir y entender habría que esta fuera de lo definido y lo entendible.” (308)
Por fin, Oliveira representa al hombre moderno, quien cuestiona, desde su perspectiva occidental, su condición frente a su mundo, y esa búsqueda fallida de una solución a su enigmática, lo lanza al absurdo como único recurso para explicar la realidad, ya no como fenómeno, sino como evasión al proceso hermenéutico para comprender “el estar-ahí”: “Escuchá, Horacio: negar esta realidad no tiene sentido. Esta aquí, la estamos compartiendo. La noche transcurre para los dos, afuera esta lloviendo para los dos. Qué se yo lo que es la noche, el tiempo y la lluvia, pero están ahí y fuera de mí, son cosas que me pasan, no hay nada que hacerle. Pero claro, dijo Oliveira. Nadie lo niega, che. Lo que no entendemos es por qué eso tiene que suceder así, por qué nosotros estamos aquí y afuera está lloviendo. Lo absurdo no son las cosas, lo absurdo es que las cosas estén ahí y las sintamos como absurdas. A mí se me escapa la relación que hay entre yo y esto que me está pasando en este momento.” (312)
Humberto Chacón
Abril 2009

Te felicito por tu blog, que bien que te decidiste a ir publicando tus trabajos. Sería muy bonito ver en el blog poemas y cuentos de tu autoría, según recuerdo has hecho algunos. Ojala te decidas a incluirlos.
ResponderEliminarCon respecto a tu documento me da la impresión de ser algo heideggeriano, me parece también que la idea de lo occidental debe matizarse más, la perspectiva latinoamericana esta atravesase por el mestizaje y lo barroco. Bolívar Echeverría es uno de los grandes pensadores latinoamericanos que trabajó estas dos cuestiones. Si te interesan sus trabajos los podes encontrar en la página http://www.bolivare.unam.mx/. Gracias por compartir tu artículo.
Un fuerte abrazo.
Mi querido amigo Galileo, me animan tus opiniones y recomendaciones, no conocía a Bolívar Echeverría, voy a revisar esos puntos, un abrazo compai.
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