viernes, 4 de mayo de 2012


LA VIOLENCIA COMO FUNDAMENTO DE LA HISTORIA GUATEMALTECA EN EL TRUENO EN LA CIUDAD  DE MARIO PAYERAS[1].


La violencia, los hilos del titiritero.

La violencia ha sido un arma decisiva como recurso para la dominación, ha sido establecida como medio de represión ya que inhibe y coarta cualquier acción que se pueda producir fuera del marco ideológico, político y/o económico de los núcleos que ostentan el poder. La respuesta ante esta opresión ha dado paso a formas de resistencia, y una de estas resistencias también se fundamentan en la violencia. La guerra interna en Guatemala acontecida en las últimas décadas del siglo XX se caracteriza principalmente por la adopción de la violencia en inimaginables dimensiones, su categorización es tal que sin ella no podría concebirse la historia de Guatemala. Las manifestaciones y herencias violentas existen como una realidad histórico-social, una relación tan enraizada que participa de la construcción actual de la sociedad e identidad de nuestros pueblos.
El imaginario colectivo social sentencia y rechaza categóricamente la violencia, se vale de diversas expresiones de oposición fundamentadas en percepciones individuales y en principios humanitarios, pero ¿por qué después de la experiencia violenta la voz pacífica no ha encontrado eco?, ¿por qué la exégesis de los estudios de la violencia no converge en la praxis con el ideal social?, para responder a estas preguntas es necesario comprender el principio que la violencia no es ajena a ese colectivo, es parte intrínseca de su propia estructura y mecanismo, y aunque es impuesta deliberadamente desde el poder se nutre desde adentro, de alguna manera pasa a ser parte integral de la sociedad y la fragmenta a la vez en tiempo y en espacio, así que considerando a la violencia desde dentro de la sociedad pasa a ser parte también “natural” e incluso necesaria de los capítulos de la historia. La violenta historia reciente en Guatemala ha sido abordada y representada desde amplias perspectivas, una de ellas es a través de la literatura, en donde una de las funciones valiosas corresponde a la comprensión de nuestra historia a través de sus fragmentos. El libro El trueno en la ciudad de Mario Payeras es un ejemplo de la producción literaria en el contexto de la guerra, una producción que enriquece y guarda una memoria colectiva, invaluable para responder desde el presente a cuestionamientos históricos y sociales, y aunque este breve análisis pretende tan solo aclarar ideas y ser una aproximación y una plataforma para un desarrollo posterior documentado con el objetivo de descubrir el atavismo y la relación entre la violencia de guerra y la violencia actual. Este libro aborda algunos episodios de la desarticulación del movimiento guerrillero urbano a principios de los años ochenta, se destacan análisis autocríticos, desde la experiencia de un militante, de las acciones tomadas y obviadas que promovieron la caída del movimiento revolucionario. A medida que se avanza en las líneas de este libro, todos los sucesos convergen en el aspecto bélico, tanto la violencia sistemática del poder militar como la violencia como respuesta de la guerrilla están presentes en cada página, y aunque el interés según el propio autor es el de querer “ser un sencillo homenaje a los compañeros caídos”, se encuentra contenido un material de alto valor para la comprensión y concepción de las aristas de esta cruenta guerra. A través de la comprensión de la forma como se articuló la violencia dentro de la sociedad en ese contexto de lucha armada, se comprenderá la herencia determinante e inherente de ésta y sus relaciones directas con nuestra condición actual de posguerra, una sociedad fragmentada donde la pobreza, la violencia y por fin el escaso desarrollo humano son una constante que esta lejos de cambiar. Entonces El trueno en la ciudad es una muestra de la participación de la literatura como actor clave para la recopilación y estudio de los acontecimientos que forman nuestra historia, a través de sus capítulos se pretenderá dar forma, y se limitará, a determinar el papel que ha jugado la violencia en la construcción de nuestra sociedad, y sin perder de vista el contexto en el que se desenvuelve, descubrir el escenario que propicia un estado de violencia a favor de la dominación y el establecimiento del terror. La concepción de la realidad aún esta por comprenderse bajo estos términos, la condición social establecida sobre bases violentas, girando en el sentido indicado por una constante fuerza centrífuga, en dinámica perversa y formulada desde poderes instrumentalizados.
Todos los sucesos contenidos en El trueno en la ciudad corresponden a hechos de guerra, acciones insurgentes y militares, tácticas de guerra sucia, secuestros, torturas y asesinatos, por lo tanto es indispensable reconocer en sus letras la dimensión y forma de la violencia como una realidad social en su contexto histórico, comprender el papel que ha jugado la violencia sistemática como uno de los mecanismos en la construcción y continuidad de la historia social actual, que de alguna manera va más allá de una situación social desafortunada, temporal y fortuita. Se distingue como uno de los hilos con que se teje la historia, un hilo fabricado de la necesidad de la imposición de un orden, que va cambiando a través del tiempo, por los aparatos sin rostro de dominación política, económica e ideológica.
La narrativa en El trueno en la ciudad adquiere un tono sobrio y objetivo cuando aborda los sucesos, la descripción documental de éstos cuentan las acciones violentas en un contexto de guerra desde la perspectiva crítica guerrillera, en donde la violencia se percibe como la necesidad natural como respuesta al entorno, y es importante destacar que en esa maraña el cuestionamiento a la violencia no adquiere ningún matiz relevante. En la actualidad la violencia no es del todo diferente, los factores que la promueven siguen siendo los mismos, sin embargo el contexto sí lo es, esfuerzos por establecer procesos democráticos han dado paso a medios de expresión abiertos, a demandas civiles, a análisis críticos sociales y, a propuestas y oposiciones pacíficas, sin embargo la violencia persiste en su forma más cruda, pero ahora sin ninguna justificación ideológica definida, y se problematiza severamente cuando ahora parece ser parte de la “cultura” de nuestra sociedad, por esta razón la violencia debe seguirse examinando como un mecanismo de dominación tal y como sucedió en la pasada guerra.
Será de utilidad revisar algunos pasajes narrados en este libro donde se ve plasmada la violencia que inunda su historia, desde el primer capítulo se evidencia la forma contenida en la sociedad de aquella época “La ciudad se transformó en un complejo mosaico de ámbitos urbanos mucho más favorables para la actividad clandestina y para el despliegue de tácticas irregulares de lucha. Las zonas populosas fueron escenarios frecuentes de la guerra de guerrillas urbana de los años 60” (p.3), con esto se abre paso a un punto crucial de la historia en nuestro presente, la forma de ejercer violencia se hizo ciencia y se tecnificó, el abuso dominante y opresivo de poder de aquellos quienes deseaban preservar su hegemonía dejaron una escuela de violencia, las estelas dejadas por esta guerra se fecundan en todo el país en estos días, y ahora en la distancia los mecanismo parecen ser del mismo tipo, aunque con diferentes intereses, antes una preservación del poder político y oligárquico, ahora una voracidad por el poder económico.
Además de representar el contexto violento El trueno en la ciudad aborda los diferentes matices de esa estructura violenta, aún hoy muy similar el modo de operarla “Desde vehículos en marcha, la guerrilla ametralló la instalación y arrojó al interior dos granadas de mano. La guerra de guerrillas se había instalado en la tensa ciudad de aquellos días. Parejas de gendarmes, en sus recorridos habituales, recibían de pronto disparos de escopeta que los fulminan en el acto, luego de lo cual sus atacantes les arrancaban el arma de las manos.” (p.12), el interés aquí es que este tipo de acciones producidas durante un período de guerra es el reflejo hoy de la maduración de una sociedad violenta, que continúa en el centro de la esfera social, y aunque ya no es una justificación natural dentro de su contexto, lamentablemente estas noticias no causan ningún efecto retractante, a pesar que grupos y movimientos continúan buscando los medios para reducirla, inevitablemente se ha vuelto parte de la cotidianidad y la insensibilidad del interés individual, parece estar tan cerca de los cimientos de la sociedad que ya es una característica de nuestros pueblos.
Las cenizas que dejó esta historia aún laten en la sociedad, las heridas permanecen con el afán de cicatrizar, y todo continúa girando en torno a la violencia ejercida y permitida por los poderes con el fin de preservar el status quo. La violencia es una mala semilla que crece y produce sus frutos, así como sucedió en esta guerra continúa ocurriendo con diferentes tonos “La guerra de guerrillas ardió a partir de entonces en Chimaltenango. El ejército enemigo ocupó la región, iniciando las masacres” (p17) y realmente ¿qué diferencia estas acciones a las que actualmente se viven en nuestras sociedades Latinoamericanas? ¿Qué coyuntura hay en esa percepción de la violencia como un medio de grupos poderosos para alcanzar sus fines particulares?, la violencia se concibe diferente según el contexto al cual se encuentra sujeta, es evidente que durante la guerra la violencia es casi imprescindible como un medio de control y defensa, pero después de la guerra la violencia sigue vigente, y cobra nuevas formas que salen de control de los mismos grupos de poder que la incentivaron, la negligencia, la incapacidad y la falta de voluntad de estos grupos para controlarla permiten un estallido social sin precedentes, la respuesta a esta ineptitud esta lejos de sobrepasar la capacidad de quienes tienen en sus manos los recursos, todo apunta a ser un factor coadyuvante para mantener el control de la sociedad desde una posición pasiva e imperceptible.
En ocasiones se percibe a la violencia como un fin, sin embargo las consecuencias de la violencia no cambian según su contexto, continuará siendo el medio por excelencia para someter la voluntad y coaccionar cualquier acción en contra del régimen, ya sea por iniciativa planificada o por omisión, es de principal interés mantener a la población doblegada, preocupada y distraída en su seguridad. Cualquier forma que amenace contra las necesidades primarias de una sociedad, limitarán a ésta a interesarse por un genuino desarrollo común.
La violencia tarde o temprano causará siempre una reacción opuesta, la dominación violenta crea un círculo vicioso, y sus tentáculos cubren en tiempo y espacio a la sociedad, y desde cualquier perspectiva adopta las mismas dimensiones, así comprendemos la dinámica de la violencia que siempre encontrará su justificación, algunas veces una contra-reacción natural como sucede del mismo modo en período de guerra “Como respuesta a una masacre del ejército en Chimaltenango, decidimos atacar con lanzacohetes los autobuses en que se transportaban los cadetes de la Escuela Politécnica” (p17).
Como reacción ante la violencia, también deberá comprenderse la función del libro y otros documentos y expresiones artísticas, como denuncia, y esto es común tanto en el período de guerra como en período de paz[2], ha sido y será esta manifestación una de las formas de resistencia y reinvidicación “El gobierno de Laugerud se cerró con la matanza de ciento treinta campesinos kekchíes, un pequeño pueblo a la orillas del río Polochic, en Alta Verapaz” (p38). La muerte es la culminación de la violencia, denunciarla será una de las válvulas catárticas y de mayor orden en la comprensión de la resistencia y secuelas de la violencia, como se mencionó anteriormente El trueno en la ciudad pretende por su autor ser un homenaje a esas muertes, creando de esa manera continuidad de la memoria, mantener conciencia de la realidad a través de la denuncia “Los asesinatos políticos llegaron a hacerse cotidianos. Dirigentes sindicales, lideres estudiantiles, políticos de la oposición democrática, catedráticos universitarios y simples ciudadanos caían día a día en atentados brutales e inconcebibles” (p39).
La violencia adopta entonces una forma compleja y particular, es gaseosa, penetra en los poros y adquiere la forma del ser, anidará en él, que, consciente e inconscientemente la manifestará en toda dimensión posible, como medio de defensa ante la presión acumulanda.
Por otro lado y contradictoriamente la violencia, como medio de dominación, se legitima desde la misma resistencia, ya que inmediatamente define en la oposición la posibilidad de liberación, se acentúan posturas y discursos en contra de ella, lo que provoca su necesidad como argumento para recurrir a ella misma, en el período de guerra es común esta posición “... que estaban dispuestos a luchar todos los días de la vida y hasta la última gota de su sangre, para tomar el poder y construir en Guatemala una sociedad nueva, una sociedad donde los indios, los ladinos y todos los trabajadores tengan el mismo derecho a participar en la producción y en los beneficios de la riqueza social y de la cultura espiritual” (p.55), entonces el individuo que percibe su condición marginada se manifiesta en contra y es orillado al mismo mecanismo de defensa, la violencia, no encuentra otra salida más que jugar el juego, e incluso llevarlo hasta la máxima convicción “Si persiste en su negativa, la alternativa es la asfixia en la capucha, el tormento, la muerte, manteniendo íntegra, allá en el fondo, la convicción que lo llevó a entregar la vida a la más grande de las causas” (p.81), final y paradójicamente en un contexto de guerra revolucionaria afrontar a la violencia produce una recompensa para el idealista, produce héroes, por esto la violencia enraizada permite incluso encontrar un sentido a la vida “Era la decisión, meditada y profunda, de quitarnos la vida antes que caer en manos del enemigo... La transformación revolucionaria del mundo es un hecho colectivo y no ha de detenerse por la caída de cualquiera de nosotros... Era una forma de lograr que la vida irrumpiera en la muerte, porque la lucha de clases en el fondo, está llena de amor, por parte de quienes combatimos en le bando de los explotados” (p110).
De este modo, al señalar algunas citas de El trueno en la ciudad se pretende hacer una relación entre las características productivas de la violencia, una correspondencia por demás compleja y determinante de causa y efecto en la construcción social, conceptualizar su perspectiva desde un escenario de guerra y extrapolarlo a la sociedad actual será la parte medular, ya que si se limita a recrear el entorno descrito en estos pasajes, en donde (en este sentido) solamente se encuentra violencia, habrá de contar con un método de estudio analítico para determinar esa vinculación. Actualmente para “dimensionarla” y comprenderla se ha propuesto su economía, se traduce a números económicos y saldos, con el riesgo de modificar la subjetividad de la violencia al positivilizarla y por lo tanto excluyéndola de la propia formación de nuestra realidad, se le accede desde afuera de la concepción social trazándola inalcanzable y por último inexplicable.
La literatura de la violencia pretende por un lado dejar evidencia de los hechos y por otro la necesidad de sus autores en su trascendencia en la conciencia y memoria social, por esta razón el valor que se puede extraer de sus libros es ilimitado, sin embargo en el presente interés se ha delimitado y concluido que la consecuencia de la violencia es la continuidad de una misma realidad de guerra, un absurdo necesario para comprender el constructo social, un anhelo de la violencia como un eslabón prolongado de la historia que pierde su valor diseminado en la cotidianidad.
Por último, con todo esto no se pretende obviar las transformaciones históricas y avances en el plano democrático y participativo de los pueblos, tampoco reducir todas sus aristas a una simple generalidad, es más bien el reconocimiento de una plataforma común donde la violencia es parte de ella, que ha perdurado y definido el rumbo de nuestra historia.

Humberto ChacónNoviewmbre 2008


[1] Payeras, Mario. El trueno en la ciudad. Ed. Del Pensativo. Guatemala, tercera edición, 2006.
[2] El período de paz inició en Guatemala en 1996 con la firma de la paz, un acuerdo entre el gobierno y los representantes de la guerrilla, sin embargo y a pesar que no existe conflicto armado otra variante de guerra social  ha surgido desde entonces, una guerra del caos y el terror, donde no hay grupos declarados.

LA ANGUSTIA EN RAYUELA  DE JULIO CORTAZAR[1]

El personaje central en Rayuela, Horacio Oliveira, representa la extenuante búsqueda y el conflicto del hombre por el sentido racional de la vida, a través de sus diálogos y relaciones con el resto de personajes desata vastas perspectivas de la explicación de la realidad, desde una posición crítica y angustiosa, cuestionamientos existenciales serán el denominador común a lo largo de la novela. Por ejemplo, al inicio cuando se encuentra en una de tantas situaciones cotidianas con la Maga, se presentan los primeros cuestionamientos de lo que será su debate con esa herencia occidental de corte lógico, que no lo abandonarán en ningún momento “¿Porqué no aceptar lo que estaba ocurriendo sin pretender explicarlo, sin sentar las nociones de orden y de desorden, de libertad…” (137). Este punto es importante en la medida que se comprenda que en este momento la novela adquirirá un nivel ontológico, que descubre la problemática de la utilización del lenguaje como medio de explicación fenomenológica, como fundamento de comprensión y racionalización de la realidad.
Un planteamiento pendular caracteriza a toda la novela, un desplazamiento constante de la concepción cartesiana hacia otra posición contingente, e inevitablemente desde la indagación del lenguaje como medio de conocimiento hasta el lenguaje como fin propiamente, que en última instancia revelan una condición ambigua del ser frente a su realidad “El péndulo cumple su vaivén instantáneo y otra vez me inserto en las categorías tranquilizadoras: muñequitos insignificantes, novela trascendente, muerte heroica. Los pongo en fila, de menor a mayor: muñequito, novela heroísmo. Pienso en las jerarquías de valores tan bien exploradas por Ortega, por Scheler: lo estético, lo ético, lo religioso.  Los religioso, lo estético, lo ético. Lo ético, lo religioso, lo estético. El muñequito, la novela. La muerte, el muñequito. La lengua de la Maga me hace cosquillas. Rocamadour, la ética el muñequito, la Maga. La-lengua, la cosquilla, la ética.” (138)
Durante este proceso Oliveira se coloca recurrentemente en la duda, enraíza su condición existencial, asume su realidad como algo que debe ser explicado bajo un orden comprensible por la razón, y una de tantas posibles respuestas lo termina aproximando a una solución de corte nihilista “No puede ser que esto exista, que realmente estemos aquí, que yo sea alguien que se llama Horacio. Ese fantasma ahí, esa voz de una negra muerta hace veinte años en un accidente de auto: eslabones en una cadena inexistente, cómo nos sostenemos aquí, cómo podemos estar reunidos esta noche si no es por un mero juego de ilusiones, de reglas aceptadas y consentidas, de pura baraja en las manos de un tallador inconcebible…” (179).
La interpretación del uso lenguaje es un factor clave para abordar la novela en este sentido existencial, su función mediadora como búsqueda de la comprensión; sin embargo, y por fin, este recurso imposibilita la tarea del hombre, la limita a una perspectiva estrecha, y su doble condición cura y enferma, como acceso parcial y temporal al conocimiento “La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre, llenaban de amarga desconfianza toda meditación de Oliveira, forzado a valerse del propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que quizá pudiera licenciarlo y seguir -¿cómo y con qué medios, en qué noche blanca o en qué tenebroso día?- hasta una reconciliación total consigo mismo y con la realidad que habitaba.” (216)
Ante sus cuestionamientos, Oliveira (se) plantea salidas alternativas de esta prisión epistemológica, y el absurdo como una de ellas “En el fondo podríamos ser como en la superficie, pensó Oliveira, pero habría que vivir de otra manera. ¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro.” (239), reconociendo que la oposición a la razón está dada por las circunstancias más que por una lógica infalible, paradójicamente el absurdo cae en el juego lógico como explicación.
Oliveira por tanto se tortura con la incomprensión como angustia existencial, el modo de ser inaccesible propio y de los otros, aunque siempre con la esperanza de poder explicarse el devenir “Horacio hablaba de un nuevo orden, de la posibilidad de encontrar otra vida. Siempre se refería a la muerte cuando hablaba de la vida, era fatal y nos reíamos mucho” (285).
El fracaso de Oliveira lo conduce por momentos a otro tipo de reflexiones, más allá del lenguaje, la imposibilidad de accesar por la propia y limitada condición del Ser, cuyos medios insuficientes de comprensión le prohíben acercarse tan siquiera a alguna conjetura de la realidad “Apenas te metes un poco en serio en sus textos empezás a sentir lo de siempre, la inexplicables tentación de suicidio de la inteligencia por vía de la inteligencia misma. El alacrán clavándose el aguijón… Toda tentativa de explicarlo fracasa por una razón que cualquiera comprende, y es que para definir y entender habría que esta fuera de lo definido y lo entendible.” (308)
Por fin, Oliveira representa al hombre moderno, quien cuestiona, desde su perspectiva occidental, su condición frente a su mundo, y esa búsqueda fallida de una solución a su enigmática, lo lanza al absurdo como único recurso para explicar la realidad, ya no como fenómeno, sino como evasión al proceso hermenéutico para comprender “el estar-ahí”: “Escuchá, Horacio: negar esta realidad no tiene sentido. Esta aquí, la estamos compartiendo. La noche transcurre para los dos, afuera esta lloviendo para los dos. Qué se yo lo que es la noche, el tiempo y la lluvia, pero están ahí y fuera de mí, son cosas que me pasan, no hay nada que hacerle. Pero claro, dijo Oliveira. Nadie lo niega, che. Lo que no entendemos es por qué eso tiene que suceder así, por qué nosotros estamos aquí y afuera está lloviendo. Lo absurdo no son las cosas, lo absurdo es que las cosas estén ahí y las sintamos como absurdas. A mí se me escapa la relación que hay entre yo y esto que me está pasando en este momento.” (312)


Humberto Chacón
Abril 2009


[1] Cortazar, Julio. Rayuela. Ediciones Cátedra. Madrid, 2007.

LA RUPTURA DE LA LINEALIDAD DEL TIEMPO EN LOS PASOS PERDIDOS  DE ALEJO CARPENTIER


“Aquí puede ignorarse el año en que se vive, y mienten quienes dicen
que el hombre no puede escapar a su época”

Un santuario del tiempo, un espacio que custodia las raíces del hombre, un museo que encapsula el inimaginable pasado para los hombres del presente, piezas que representan el recuerdo viviente de su historia, latitudes congeladas en vitrinas. Esto es el deseo y la circunstancia que lleva a el personaje anónimo -anónimo como todos los hombres de la historia- de Los Pasos Perdidos a su viaje por la selva Venezolana. Un recorrido que al fin considerará como un propio e introspectivo retorno al origen, el llamado esencial de la naturaleza. De esta manera inicia su búsqueda de un primitivo instrumento musical, que en realidad será el encuentro con el origen de la música, y más allá con el nacimiento de la palabra y la consciencia de ser histórico “Trato de mantenerme fuera de esto, de guardar distancia. Y, sin embargo, no puedo sustraerme a la horrenda fascinación que esta ceremonia ejerce sobre mí…. Ante la terquedad de la Muerte, que se niega a soltar su presa, la Palabra, de pronto, se ablanda y se descorazona. En boca del Hechicero, del órfico embalsamador, estertora y cae, convulsivamente, el Treno –pues esto y no otra cosa es un treno-, dejándome deslumbrado por la revelación que acaba de asistir al Nacimiento de la Música” (188). Aquí el tiempo pasado se ha concebido como una fracción, ya enterrada, de la linealidad del devenir histórico, sin embargo la cuestión del tiempo lineal ya es una disyuntiva para el personaje “Ante las conocidas imágenes me preguntaba si, en épocas pasadas, los hombres añorarían las épocas pasadas, como yo en esta mañana de estío, añoraba –como por haberlos conocido- ciertos momentos de vivir que el hombre había perdido para siempre” (39). Este viaje es un retorno a través del tiempo al “punto cero”, a la esencia del instante de la creación, al nacimiento del fundamento de lo que hoy es el hombre moderno.
Alejo Carpentier, con una sorprendente maestría del manejo del lenguaje, devela en todo caso esa ruptura de la linealidad del tiempo, por momentos tiempos paralelos, por momentos circulares “Estamos en el mundo del Génesis, al fin del Cuarto Día de la Creación. Si retrocediéramos un poco más, llegaríamos a donde comenzara la terrible soledad del Creador -la tristeza sideral de los tiempos sin incienso y sin alabanzas, cuando la tierra era desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo” (190), en donde la alucinada travesía del personaje por el Nuevo Mundo le devela la esencia originaria del hombre, el encuentro entre dos mundos en un mismo tiempo y en un mismo espacio “Me admiro al saber que esta ciudad de Henoch aún sin fraguas, donde acaso oficio yo de jubal, está a tres horas de vuelo de la capital, en línea recta. Es decir, que los cincuenta y ocho siglos que median entre el cuarto capítulo del Génesis y la cifra del año que transcurre para los de allá, pueden cruzarse en ciento ochenta minutos, regresándose a la época que algunos identifican con el presente –como si lo de acá no fuese también presente- por sobre ciudades que son hoy en este día, del Medioevo, de la Conquista, de la Colonia o del Romanticismo” (235-236), y así en ese mismo presente, una convergencia con el pasado, un punto de equilibrio ya perdido ya encontrado “Hacía mucho tiempo que no contemplaba el fuego” (87).  
            De este encuentro hombre-historia surge el asombro hacia lo desconocido, la expresión de lo real-maravilloso, que envuelve y pone en plena duda la cotidianidad occidental del personaje, desencaja su ser para llevarlo a la contemplación de lo simple, al asombro de esta nueva realidad, hasta hacerlo testigo de creaciones originarias, del surgimiento del reglamento social y de la objetividad de la belleza exigua, donde su incomprensión y reflexión maravillada le exigen deconstruir la herencia de su estructura positivista, ya no el tratar de comprender la naturaleza del hombre a través del razonamiento lógico, sino a través de su experiencia sensitiva de la creación del arte “No estoy aquí para pensar. No debo pensar. Ante todo sentir y ver (213)… Llego a preguntarme a veces si las formas superiores a la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado. Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema.” (214).


Humberto Chacón
Marzo 2009